La máquina del fin del mundo

agosto 8, 2008

Update: Hoy empezó a funcionar el LHC, acelerando partículas en ún sólo sentido a lo largo de su enorme trayectoria. Todavía no hay colisiones, éstas comenzarán hasta dentro de algunos meses.

Más allá de ser un título de periódico sensasionalista, es el nombre que muchos han puesto o dejado entrever en sus declaraciones con respecto al Gran Colisionador de Hadrones (o LHC por sus siglas en inglés). Con él, los científicos del CERN (Consejo Europeo de Investigación Nuclear) pretenden:

“To smash protons moving at 99.999999% of the speed of light into each other and so recreate conditions a fraction of a second after the big bang” –Extraido de la página del alcance del proyecto.

O para los no-angloparlantes, hacer chocar protones acelerados a casi la velocidad de la luz entre sí para recrear las codiciones que se dieron una fraction de segundo después del Big Bang (según lo dicta la teoría del mismo nombre).

You better be right, mister!!

Ahora bien, ¿dónde radica el peligro? Pues que, como resultado de los experimentos, puede crearse un micro agujero negro aquí mismo en nuestro planeta. Según la teoría desarrollada por Stephen Hawking (que no pretendo explicar porque no entiendo), éstos se evaporarían por ciertas interacciones materia-antimateria.

Sin embargo, todo esto está sólo teorizado dado que nunca se ha podido observar. Ahí es donde, dicen algunos, radica la incertidumbre del proyecto (y la de la continuidad de la existencia de la raza humana, en dado caso).

¿Es éste otro caso de inútil paranoia mundial tipo Y2K? Sólo el tiempo lo dirá, si contamos con él. Por lo pronto el día de hoy, que nos ha pasado entre chinos voladores, comenzará a trabajar este singular sistema.

Y es precisamente éso lo que me llevó a una mini reflexión que me tomé la libertad de extender a tí, apreciado lector: ¿que pasaría si realmente éste fuera el día en el que el mundo se acaba? Talvez te acordarías de aquellas (incontables) tardes que perdiste viendo algún programa de televisión por “no tener nada mejor que hacer”. De aquellos días cuando dijiste un no que debió ser un (o viceversa). De aquellas personas a quienes decidiste jamás perdonar por razones que ni siquiera importan ahora. De las muchas ocasiones en que te endeudaste al no pagar un te quiero a quién se lo debías. De las numerosas veces que mentiste al decir “nunca más…”

Talvez te acordarías de Dios. Talvez te acordarías de un Jesucristo que siempre creíste inerme, inoperante, indiferente; cuando en realidad, aún anda preguntando por tí.

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