Como me fué en mi primer vuelo en avión

Era como un niño pequeño. Me dispuse a saborear todos los pequeños detalles y cada cosa me evocaba algún pasaje de historias que escuché y talvez viví.

Pude sentir de cerca la fuerza de las turbinas, impulsando la mole de metal, circuitos y personas por el cielo con una fuerza que equiparaba (en mi mente) a la de los robots gigantes del anime. Me maravillé de cómo fuimos capaces de crear tal paradoja ambulante a la que llamamos avión, flotando en algo que es más ligero que él mismo.

Me acordé de aquella aerolínea que ahorró no se cuantos millones de dólares al retirar tres cacahuates de cada una de las bolsas que daban a sus pasajeros; de mi antigua (y ahora mejor reflexionada) intención de arrojarme con un paracaídas alguna vez en la vida.

En mi cabeza se reunieron, sin pedir permiso, todas las referencias que yo tenía acerca de volar. Ahí estaban Harrison Ford, los Foo fighters, los Mythbusters y el congreso aeroespacial. Pude ver por mi mismo que todas las nubes negras son blancas por arriba y, al final, recordé que era ese mismo vuelo el que mi abuelo tomaba cada año para visitarnos.

Definitivamente fué una experiencia genial.

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